del 24 de octubre al 18 de noviembre de 2018

La sombra en el paisaje – Alejandro Castellote

Manel Esclusa, uno de los creadores españoles con un universo iconográfico más personal y reconocible, comienza a realizar su serie La sombra en el paisaje en 2006 y, como hace en algunos de sus trabajos, regresa intermitentemente a ella en función de sus estados anímicos. Los fotógrafos utilizan a menudo el paisaje como territorio metafórico, pues tanto el paisaje natural como el urbano son susceptibles de devenir en escenarios emocionales, donde se transparenta el universo íntimo del autor. En las fotografías de Manel Esclusa puede decirse que se produce un desplazamiento del lugar original –el espacio fotografiado- hacia su conversión en un escenario simbólico que ilustra la relación del autor con la naturaleza y con la propia fotografía: las imágenes despliegan una estructura visual y conceptual que alberga y configura la representación de su imaginario.

En esta serie convergen algunos de los elementos nucleares de su relación con la fotografía, pero también se subraya la preminencia de la sombra como elemento protagónico en su extensa obra. La sombra –un fragmento de oscuridad- se convierte para Esclusa en un dúctil instrumento visual que le permite aproximar el mundo físico y su pensamiento metafísico. En La sombra del paisaje muestra algunos de los elementos de su cosmogonía personal, en la que el minimalismo y el sutil poso de la filosofía Zen se transparentan a través de escenas silenciosas; en ellas la intervención del autor parece limitarse al rol de un mero intermediario, que permite a la naturaleza representar en un instante efímero la impronta de su majestuosa cotidianeidad. Sin embargo, estas fotografías trascienden la documentación o la ausencia de intencionalidad: son huellas de luz expandidas hacia la poesía, sublimaciones de esa potestad de la fotografía que le permite hacer visible lo no visible.

Esclusa no alberga aquí el deseo de construir una imagen del mundo en la que aparezca su propia presencia, sino la de la fotografía, rindiéndo así tributo a la afirmación de W. H. Fox Talbot –“la naturaleza se dibuja a si misma” que incluyó en su libro pionero The Pencil of Nature. En ese contexto podría decirse que estas imágenes son una metáfora del gesto inaugural de la fotografía: el fotograma. Obviamente, las imágenes que surgen sobre el papel son también, además de un homenaje al fotograma, un recuerdo a la acción alquímica que la luz artificial ejerce sobre los papeles emulsionados con sales de plata en el laboratorio fotográfico. En ambos casos subrayan la apasionada relación del autor con la fotografía, pero también remiten a la leyenda corintia sobre el origen mítico de la pintura: la captura de la sombra de un rostro humano proyectada sobre una pared, que se transforma en representación simbólica.

La naturaleza, para Manel Esclusa, se convierte en un lienzo sobre el que la luz dibuja caprichosamente. Él tan sólo selecciona algunos fragmentos de esas sombras fugaces para rescatarlas de la invisibilidad, permitiendo que existan, a modo de luminiscencias evanescentes, sobre un papel blanco que él situa en medio del paisaje en forma de instalación. En el fondo muchas de las series de Esclusa han surgido como resultado de un proceso de profunda interacción con el lugar en el que fotografía. Para la creación de estas imágenes, el autor se rodea de soledad y silencio: un escenario que favorece la introspección y acentua su relación, a la vez mística y lúdica, con la naturaleza.

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TERRA INCOGNITA: LA SOMBRA Y EL PAISAJE

La pintura romántica intentó capturar la violencia del océano, la soledad de un bosque, esos espacios vacíos en los que lo natural aparece en su prístina pureza, sin presencia humana que lo perturbe. Manel Esclusa también se interna en la naturaleza en busca de ese núcleo de lo viviente, que nos habla sin palabras y que se escucha con la mirada. Sin embargo, cuando La sombra del paisaje explora ese otro absoluto de la cultura, nos advierte que allí está la mirada que lo contempla, la mano que roza las hojas de los árboles, el pie que hace camino al andar. Tomadas entre el 2006 y el 2008, las imágenes de Esclusa desechan el sueño romántico de virginidad natural, para recordarnos que toda representación de la naturaleza es ya un modo de intervenir en ella: incluso si tomamos la precaución de no modificar en nada el estado salvaje de lo natural, una rama se mueve levemente a nuestro paso, nuestras pisadas se imprimen sobre la tierra aunque sea por un instante, antes de desaparecer. Dejamos trazos de nuestra presencia en el mundo al percibirlo desde cierto lugar, a cierta hora del día.

La sombra del paisaje coloca en el centro de la escena al árbol, signo por excelencia de lo añejo y de lo inmóvil, de lo que está ahí hace años, de pie y en el mismo lugar. Y al mismo tiempo se entrega a la fascinación por lo efímero, por aquellas modificaciones casi imperceptibles y destinadas a desvanecerse: un reflejo en el agua, las sombras móviles que producen las luces de los distintos momentos del día, la alteración incansable de un cielo más o menos nublado. Sin embargo, lo efímero no es el protagonista del trabajo de Esclusa. Después de todo, la promesa fotográfica consiste en capturar lo efímero de un instante, de una sombra, de una variación luminosa, en la eternidad de una imagen fotográfica. Efectivamente, pese a que no haya nada más efímero que los surcos trazados en un campo de trigo y movidos por el brisa de la tarde, la magia fotográfica lo ha dejado para siempre recortados del flujo temporal, tal y como los percibió el ojo del fotógrafo en el momento de la toma.

Uno de los pioneros de la fotografía, Fox Talbot, remarca lo inédito del procedimiento: gracias a la nueva técnica, la naturaleza ya no es un modelo de los trazos del pintor o de las palabras que inspiran al poeta. Gracias a la fotografía, nos asegura Talbot, la naturaleza toma en sus manos el lápiz y ella misma es la que produce las imágenes, la que impacta con sus formas en la placa. Casi como un regreso a esta promesa fotográfica, Manel Esclusa coloca un lienzo en el espacio natural para que sea él mismo, los árboles, las ramas, las que produzcan estos “autorretratos” de la naturaleza.

Así, la frase “la sombra del paisaje” convoca los mismos problemas que giran alrededor de la fotografía. ¿De quién es la imagen o la sombra cuando decimos “la foto de”? ¿Del fotografiado? ¿Del fotógrafo? En el juego entre la sombra proyectada por el paisaje y ese diálogo de luces y sombras que es la imagen en colores de un bosque, Esclusa propone una reflexión sobre la materialidad de lo fotográfico.

La sombra del paisaje nos habla de lo fotográfico no porque niegue que la oscuridad sea una condición para la luz, sino porque revela que la sombra ⎯lo que borronea y hace incierto el acto de ver⎯ es condición misma de la visión. En el espacio nocturno en el que la imagen se produce, siempre es de noche. Es por eso que estas fotografías dejan ver una luminosidad que nunca llega sola y que siempre está asistida por la oscuridad. En ellas, la luminosidad surge de la coincidencia entre luz y oscuridad, entre día y noche o emerge del juego de luces y sombras que define cada detalle. Al sugerir que no hay instante de luz que no sea también, un instante de oscuridad, ellas nos advierten que la luz sólo es luz en el instante en que se va apagando. El mundo que Esclusa captura ya no existe. Iincluso, mientras es fotografiado, ya está en proceso de transformarse y desparecer. De hecho, la potencia de esta serie reside en advertirnos que las sombras son la memoria de la luz y como tales, insisten en señalar la transformación y el cambio. Árboles y hojas que se reflejan en el agua o se duplican en el contorno de sus sombras dispersan el foco de atención de la imagen y figuran lo móvil, lo inestable e incluso la disolución de la percepción. Aunque tal vez sea más acertado decir que funcionan en contra de todo lo que se resiste al cambio. Es precisamente por eso que estas imágenes no sólo son producción sino también registro visual, acontecimiento y archivo de lo que se desvanece.

Si La sombra del paisaje evoca los primeros experimentos fotográficos e incluso juega con la producción de imágenes pre-fotográficas, lo hace para sugerir que no hay un “antes” de la fotografía. En el comienzo fue la fotografía: el diálogo entre luces y sombras y la tierra como una suerte de cámara gigantesca. Por eso la serie no sólo nos muestra árboles, ramas, hojas, cielos y nubes sino sobre todo, imágenes de imágenes. Esto es particularmente visible en “La sombra de la encina”, una imagen en la que un panel blanco es colocado a continuación del tronco para que las sombras de las ramas parezcan las raíces del árbol. La fotografía sugiere así que no solo contemplamos una serie intrincada de sombras, sino el proceso mismo de producción de imágenes, como si las raíces del árbol fueran ya una suerte de fotografía y nos dijeran que no hay árboles antes de la fotografía o que cada árbol hunde sus raíces en lo fotográfico.

En una anécdota que evoca la mención más antigua de la cámara oscura ⎯la de Aristóteles en Problemas⎯ Manel Esclusa dice haber construido un aparato para contemplar un eclipse. Un fotógrafo cegado y al mismo tiempo capturado por el sol, elije sumergirse en el mundo de las sombras, no tanto en busca de sosiego como de iluminación. A diferencia de Platón, para quien las sombras no son una fuente de saber, las imágenes de Esclusa defienden las sombras y lo que ellas pueden enseñarnos no sólo sobre la iluminación en general sino también sobre nuestra vida en el mundo, un mundo que es enteramente fotográfico.

Eduardo Cadava / Paola Cortes Rocca

 

Eduardo Cadava enseña en el departamento de inglés de la Universidad de Princeton. Es autor de Words of Light: Theses on the Photography of History y de Emerson and the Climates of History y coeditor de Who Comes After the Subject? y de Cities Without Citizens.  Publicó varios artículos sobre arte y fotografía y actualmente co-dirige The Itinerant Languages of Photography, un proyecto que incluye a fotógrafos, artistas e investigadores de Estados Unidos, Latinoamérica y España.

Paola Cortes-Rocca es crítica cultural y fotógrafa amateur. Es coautora de Imágenes de vida, relatos de muerte. Eva Perón: cuerpo y política y autora de El tiempo de la máquina, además de varios ensayos sobre fotografía y cultura visual.  Como periodista cultural publicó entrevistas y notas sobre Andrés Serrano, Alejandro Kuropatwa, Annie Leibovitz, Gabriela Liffschitz. Enseñó en la Universidad de Buenos Aires, USC y actualmente en San Francisco State University.soledad y silencio: un escenario que favorece la introspección y acentua su relación, a la vez mística y lúdica, con la naturaleza.

MANEL ESCLUSA (Vic, Barcelona 1952), se inicia en la fotografía con sólo ocho años en el estudio fotográfico de su padre. Estudia en la Escuela de Maestría Industrial de Vic. Trabaja con su padre en fotografía comercial desde 1966 hasta 1972. En 1974 le conceden una Beca de Fotografía de la Dotación de Arte Castellbach y asiste a los Stages Internationaux de la Photographie de Arles (Francia)m donde tiene de profesores a fotógrafos de la talla de Ansel Adams, Neal White, Arthur Trees, Jean Dieuzaide, Denis Briat y Lucien Clergue. Actualmente es docente de Postgrado Fotografía i Diseño editorial. EINA, Centre Universitari de Disseny i Art de Barcelona. Adscrito a la UAB.

Desde 1974 sus obras se han mostrado en instituciones, museos y galerías a través de una gran variedad de exposiciones individuales y colectivas tanto en España como en el extranjero (Francia, Inglaterra, Argentina, EE.UU., Portugal, Suiza…). Entre otros, en 2016 obtuvo el Premio GAG (Gremi de Galeries d’Art de Catalunya) al artista consolidad por la mejor exposición “Selecció de fotografies 1977-2014”, Galería Eude Barcelona.