del 10 de mayo al 14 de junio de 2017

“Cada uno de mis modelos es un espejo…”

Esto me confirmaba Irina Ionesco hace unos meses.

 

Así es, toda fotografía recela en ella misma una parte de su autor, sea cual sea el tema representado, como toda obra ya sea plástica, literaria o musical. Es incluso una condición sine qua non para obtener ese status. Pero en esta afirmación hay mucho más que todo eso.

En efecto, el espejo no se contenta con reflejar al quien se presenta frente a él, refleja también todo aquello que se encuentra alrededor y detrás de él, en este caso todo lo que se encuentra detrás de la fotografía: su pasado, su juventud, su infancia, sus anteriores vidas con sus comitivas de despreocupaciones, alegrías, penas, dramas y sufrimientos. Para Irina se trata de una verdadera reivindicación existencial.

De este modo, pecadora atrayendo en sus redes los fantasmas burgueses y caducos, mujer velada o enmascarada dejando planear un perfume de misterio oriental, guerrera enjaezada teniendo atados gatos feroces y ronroneantes, niña perdida en los meandros de una historia fantástica y fantasmagórica que la sobrepasa, odalisco lascivo sumisa a las miradas de los hombres en busca de erotismo exótico, reina regente sin reparto en una corte sujeta a una voluntad de velos. Siempre se trata de Irina, un autorretrato movido por poder. Simplemente acude a sus modelos como actores, como a sus propios dobles, como a prolongaciones de ella misma, permitiéndole estar al mismo tiempo frente, detrás y dentro de este espejo que bien podría ser el de Alicia. Irina no juega un papel, pero queda ella misma precisamente en su singularidad y su pluralidad, con la apariencia de otra.

Si sus fotografías, obras de encargo destinadas a la ilustración de publicaciones, nos hablan finalmente de otras muchas cosas que de moda, prendas, joyas y accesorios, es que se trata de un pretexto, como en muchas ocasiones en materia de creación, pretexto para hablar de la Mujer, la belleza, fantasma, erotismo, sensualidad, y sobre todo de Irina Ionesco, ella misma.

Es casi una carta blanca que le ha sido ofrecida. De tales iniciativas son laudables para más de un título: primero porque permiten a los artistas vivir, existir, compartir, difundir su trabajo para también para el público que puede asi descubrir, abrirse, engrandecer, evolucionar. El arte no es un lujo en el que la sociedad puede pasar sin riesgo de regresar, de decaer.

 

Rémy Mathieu

Irina Ionesco nacida en Paris en 1935, de padres rumanos, abandona Francia a la edad de cuatro años para reencontrarse con su abuela en Rumania. Regresa a Paris en 1948 huyendo de la ocupación soviética. A la edad de 6 años, comienza a bailar y representa un espectáculo de contorsionismo acompañada de serpientes por varios escenarios de grandes ciudades de Europa. En 1958 abandona esta vida de saltimbanqui , y empieza a pintar y dibujar. En 1964 su amigo el pintor Corneil le regala una cámara fotográfica. Es en este momento en el que Irina comienza a fotografiar escenas que hace que habiten mujeres que serían sus dobles. Fotografía a mujeres que se encuentra y a su hija Eva. En 1974, su exposición en la Nikon Gallery de Paris causa sensación.

Desde hace muchos años, Irina Ionesco trabaja regularmente con revistas de moda francesas y extranjeras. La mirada prevenida puede, ojeando rapidamente estas revistas, reconocer inmediatamente las fotografías de Irina. En efecto “la mayoría de las obras de Irina Ionesco muestran mujeres sabiamente vestidas, adornadas con joyas, guantes y otros accesorios, acompañadas de objetos simbólicos como pañuelos y otros fetichistas, posando de una manera provocadora”, con un acercamiento calificado a veces de erótico. La atmósfera que se desprende en sus fotografías, la puesta en escena, las acumulaciones barrocas orientales, llevan a esta artista a ser algo fuera de lo común.